Reflexión V

A lo largo de nuestras vidas, ¿a cuántos hogares ajenos hemos de tener la dicha de entrar?. Por hogares, quisiera referirme al espacio físico geográficamente designado al desarrollo biológico de una familia determinada, pidiendo las disculpas del caso al lenguaje, de antemano. Teniendo en cuenta un promedio de años vividos en las condiciones brindadas por la modernidad actual, un adolescente promedio de entre quince y diecisiete años sería capaz de conocer entre veinte y cuarenta hogares distintos al propio. A medida que pasan los años y se comienzan a establecer nuevos vínculos sociales propios de la llamada maduración humana,  las cifras comienzan a incrementarse, debido básicamente a las experiencias que la libertad emocional brinda al ser humano que vive en ciudades relativamente pobladas. Establecer una cifra aproximada se me hace imposible, pues aún estoy atravesando esta etapa con veintidós años marcados en mi reloj biológico -y según mi partida de nacimiento-.

Como bien dije -y reitero- al principio del escrito, es una dicha entrar a un hogar nuevo. Al entrar a una casa ajena -como comúnmente se dice- estamos entrando a un nuevo mundo, un nuevo espacio organizado de una forma muy diferente al nuestro, una nueva combinación de colores y matices, de objetos, de materiales que constituyen la casa. Esta es una experiencia completamente gratificante, pues nos permite darnos cuenta de la complejidad con la que vivimos cotidianamente pero de la cual no nos damos siquiera la oportunidad de concebir la menor idea. Entrar a un hogar desconocido es como descubrir una ciudad nueva. Contemplas las paredes, siempre diferentes a las tuyas; observas las puertas, de materiales escogidos por un gusto muy diferente al tuyo; das cuenta de la precariedad o la complejidad del lugar en el que estas; observas una organización del espacio muy diferente al que estás acostumbrado. Si tú pensaste que tu vieja fotografía de la infancia se veía estéticamente agradable al lado de la foto del matrimonio de tus padres, te darás cuenta de que no es así, pues en otro hogar, la foto del abuelo ya fallecido al lado de la tuya te da una nueva idea de lo estéticamente agradable. Los muebles de tu casa nunca te dieron la visibilidad apropiada para leer, pero cuando te sentaste en los muebles de la casa de tu mejor amigo, te sentiste cómodo y presto para iniciar las más de 1000 páginas de Ulises. Nunca te preocupaste por no ensuciar las paredes de tu casa pero en cuanto pisaste el suelo de una apenas conocida, supiste que debías evitar siquiera tocar la pared con las manos mojadas. Vivimos constantemente inmersos en un sinnúmero de maravillas estéticas que pasan desapercibidas por la fuerza coercitiva de la rutina y la cotidianidad, pero la magia esta siempre frente a nosotros. No en vano alguna vez dijiste: “me siento como en casa”.

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Acerca de lajaranadedonabraham

Me gusta leer calato y cagar con la puerta abierta.
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