Historia de un Zobu

Conocí a Dante hace ya algunos años, exactamente el 2005. Eran los primeros meses del año y unas gafas oscuras delante de sus ojos achinados llamaron mi atención. Personaje no convencional, llevaba unos pantalones ceñidos que lo diferenciaban de los demás, a pesar de que todos usábamos el mismo color de pantalón, propio de las primarias de aquellos años que buscaban homogenizar a los alumnos. No fue sino un par de meses después de su aparición que intercambiamos algunas palabras; al principio parecía un tipo cualquiera, a pesar de las gafas que eran una particularidad en él. Poco después me daría cuenta de la comicidad que bordeaba en cada una de sus frases, en cada movimiento y mueca que hacía; era comedia andante; parlanchín y quijotesco.

Generalmente, en los colegios de clase media –y supongo que en todos los demás sucede lo mismo-  la rutina y la inercia recaen en amistades que, en algunos casos, suelen ser efímeras. Algunas terminan con el cambio de colegio del alumno, otras con alguna riña o pelea, y otras, simplemente, con la variación en los intereses de los niños que, poco a poco, van creciendo. Ninguna de estas sería característica de la que mantuve con Dante. Pasamos a la secundaria y tuve que cambiarme de colegio; esto implicaba mi alejamiento de la provincia en la que estudié durante 6 años consecutivos, toda la primaria. Tres años después volví a casa de mis abuelos, en Huancavelica. Desde luego, los intereses habían cambiado en todos los que hacía tres años pensábamos en pasar la tarde jugando en las calles. Físicamente, estas no habían sufrido muchos cambios; Huancavelica parecía atemporal, aferrada en el tiempo, invariable y constante. Me reuní con Dante un fin de semana y tomamos unos tragos, entre conversaciones que lindaban entre lo erótico y lo lúdico. Seguía siendo comedia viviente, contando anécdotas que no pasaban de ser palomilladas típicas de la primera juventud. Entre risas, tragos, encuentros en internets y videojuegos, pasaron otros dos años. Lo normal en Huancavelica es que, terminada la secundaria, el adolescente migre hacia otros departamentos en busca de una educación superior; esto no era excepción en nosotros. Algunos migraban a provincias de Junín, otros a Ayacucho o Ica, y otros a la capital, Lima. Recuerdo que uno de los últimos meses que estuvimos andando por la avenida principal, entre tragos y salchipapas, mencionó que estudiaría arquitectura en alguna universidad de Lima, sonreí, como burlándome. No lo volvería a ver sino dos años después.

El verano del 2011 lo pasé en casa de mis padres, con la tranquilidad de que en marzo comenzarían mis clases en la universidad. Sentía una emoción por la nueva experiencia; conocer gente nueva, reencontrarme con algunos amigos que estudiarían en la misma universidad, aprender, egresar, ganar un sueldo, independizarme y lo demás estaba en veremos. Por esos años era normal tener una cuenta en Facebook, todos tenían una, esto hacía que haya una conexión directa con personas que, en algunos casos, no se tenía contacto hacía meses o años. Dante era la excepción. No usaba Facebook y nadie sabía qué había sido de él terminando el colegio. Una tarde de setiembre, a pocas semanas de comenzar el segundo ciclo de la universidad, apareció un nombre que me era familiar en una sugerencia de amistad virtual: Dante Gutiérrez. Inmediatamente le di agregar y a los pocos días estaba hablando con el amigo que conocía hacía años. La familiaridad no se había perdido; bien dicen que la amistad, a diferencia del amor, no necesita constancia, pues puedes encontrarte con un amigo después de años de haber perdido contacto y todo sería común, claro, este amigo tiene que ser un buen amigo. Confesó que estudiaba en la misma universidad y que había perdido el contacto con todos porque estaba preparándose para ingresar. Nos encontramos uno de esos días, en la universidad, y luego de almorzar y tomar unas cervezas heladas –y también, faltando a algunas prácticas calificadas- prometimos que nos encontraríamos uno de esos fines de semana para salir a buscar flaquitas. Esta promesa se vio opacada por la marcada diferencia en nuestros horarios, pues éramos de facultades diferentes. Ambos conocíamos distintas personas, dentro de la universidad, y esto detono un alejamiento que, poco a poco, decaería en otros meses sin encontrarnos. Perdimos contacto durante otro par de años.

El 2014 fue un año bastante definitivo para lo que hoy en día hago. Las crisis emocionales se apoderaban de mí durante semanas enteras, sin saber qué hacer o pensar respecto al enfoque que le estaba dando a mi vida. Decidí dejar la universidad durante el tiempo que sea necesario, para poder aclarar las dudas que tenía respecto a mi vida, en general. En marzo de ese año comencé a trabajar en una librería, atendiendo a los potenciales lectores, recomendando lecturas o buscando los pedidos que hacían. A las semanas de haber empezado, me dirigía a la avenida Javier Prado para tomar el bus que me llevaba hasta unas cuadras de mi casa; durante el trayecto, como de costumbre, me fumaba un pucho y tomaba una coca cola, me sentaba en el paradero y, después de que el pucho se consumiera y no quedara ningún rastro de humo que explotar, esperaba a que llegara mi bus. Ese día fumé dos puchos, algo que salía de la rutina, quizá premonitoriamente, sentado en el borde del paradero, cuando de pronto vi a un tipo que se me hacía conocido, caminando en dirección hacia mí, era el viejo Dante. El año pasado había llegado a mí la noticia de que solo duró un ciclo en la universidad y luego desapareció, algunos decían que su paso por la facultad de letras había sido desastroso, haciéndolo merecedor de una amonestación que le imposibilitaba matricularse en el ciclo siguiente, otros decían que aprobó un curso de los 6 que llevaba y sus padres decidieron que no seguiría estudiando; lo cierto es que se le perdió el rastro durante dos años, aproximadamente. Llevaba unos pantalones apretados, color caqui, como los que usaba en el colegio, y una vieja casaca de cuero despintada; el cabello largo le tapaba las orejas y, al parecer, lo llevaba tan sucio que la humedad de Lima hacía que brillara como si se hubiese echado algún tipo de gel; había cambiado las gafas oscuras por una montura de lentes redondos, al estilo de Lennon, que brillaban debido a su composición enteramente de plástico. Le saludé con un efusivo abrazo y, luego de decirle lo irreconocible que estaba, proseguí a preguntarle qué había sido de su vida. Convenimos en ir a la avenida Arequipa en busca de algún bar, para agasajar el encuentro.

Pedimos tres cervezas, para iniciar, y cuando lo tuve frente a mí noté que se había dejado crecer la barba –o intento de barba- y el bigote. Llevaba un bigote de chino de chifa que apenas y cubría parte de sus labios, y esa barba crecida daba la impresión de ser injertos de vello púbico en la quijada. La diferencia era notoria con el Dante de hacía años, que solía usar camisas de seda en el verano, con pantalones de marca europea, y sacos en el invierno. El cabello era tan largo que avanzadas las botellas de cerveza, producto de la embriaguez, parecía prenderse al mismo tiempo que los puchos. Me contó que, efectivamente, dejó la universidad debido a problemas con los cursos que llevó, pero que no lo habían botado de la universidad, por lo que un regreso no estaba del todo descartado. Había estado estudiando en San Marcos, durante un par de meses, pero luego abandonó también esta universidad, para dedicarse a la vida de autodidacta. Intercambiamos números y nos despedimos con la promesa de reencontrarnos en un día próximo.

A diferencia de las veces anteriores, esta promesa sí se cumplió en parte. Frecuentábamos un bar que estaba en la avenida Brasil, por el campo de marte, para intercambiar ideas y anécdotas. Este Dante tenía la particularidad de hablar de renovación espiritual, de la necesidad de llevar una vida ascética, era todo un revolucionario idealista; gustaba de citar a sus maestros espirituales, quienes predicaban la necesidad de ir en contra del sistema a partir de cambios en las vidas, como dejar de consumir todo lo que producía las grandes industrias. Sus ideas no terminaban de convencerme, debido a esto nunca llegué a leer sus recomendaciones literarias. En uno de esos encuentros manifestó que estaba haciendo cambios longitudinales en su vida, muy aparte de lo que a vestimenta respectaba. Decía que ya no se llamaba Dante, pues ese nombre era una imposición que le había hecho su padre con la idea de que sea igual o mejor que él, por lo optó por llamarse Sergio, Sergio Gutiérrez. Popularizo su nuevo nombre y todos los que le conocían le llamaban Sergio. Según él, significaba “ser yo”, pero a manera de nombre digerible a los demás, decidió llamarse Sergio. Sergio era un tipo relativamente raro a la vista común de las personas; subido de peso, con cabello largo y ropa estrafalaria, causaba revuelo en las reuniones que se hacían a manera de reencuentro entre los que habíamos sido alumnos de un mismo colegio hacía ya 4 años. Un día de agosto de ese año, decidió irse de su casa, a vivir a Huancayo con algún familiar que por allá tenía. Sostuve que esa era una forma de independizar su mente y espíritu para poder crecer interiormente, y todos le mostraron su apoyo. En ese momento supe que ese cambio en su vida significaría el nacimiento de algo grande, algo inconmensurable al pensamiento común, realmente me sentía satisfecho de tener por amigo a alguien con los suficientes huevos de tomar una decisión como esa. Perdimos contacto durante algo más de un año.

Ya para fines del 2015, mi vida estaba relativamente encaminada hacía un horizonte. Había cambiado de carrera en la universidad y era partícipe de un grupo universitario que se dedicaba a organizar conversatorios; parecía que estaba atravesando por eso que la gente llama “madurar”. En tan pocos años, la tecnología había logrado apropiarse de la cotidianidad en las personas; la llegada de los smartphones implicó la conexión directa en espacio-tiempo de cualquier grupo de conocidos que compartieran los datos personales. Grupos de chat en los celulares eran lo común, y se mantenía comunicación fluida con personas que, en muchos casos, casi nunca se veían. Una mañana de noviembre llegó un mensaje a mi celular con el título: Sergio está en Lima. Inmediatamente se dispuso un encuentro para que contara las experiencias alejado de la mierda que era vivir en Lima, y procedimos a recurrir al bar que hacía meses habíamos hecho nuestra iglesia. Dante, que ahora era Sergio, llegó casi exactamente como se había ido: subido de peso y con su vestimenta estrafalaria. Prosiguió con la historia de lo que había sido vivir sin la manutención de los padres, en una ciudad que conocía poco o nada, sin celular ni comodidades propias la clase media. Contó que para comer y tomar tragos, eventualmente, ayudaba en jardines de las casas aledañas a la que estaba, a veces escribía poemas que vendía a los amigos que había logrado hacer allá, y otras dibujaba posters que vendía en los parques; esto último había sido el motivo por el que había regresado a Lima: quería estudiar pintura. Todos le escuchábamos con cierta emoción, algunos dudaban de lo que contaba, pero valgan verdades, se sentía cierta envidia positiva en los que escuchábamos las experiencias que contaba. Había profundizado en ciertos autores, leyendo constantemente libros que conseguía de segunda mano, y mencionaba que vivir en Huancayo no era tan caro como vivir en Lima, pues el mercado era un paraíso en el que no se necesitaba mucho dinero para conseguir buenos recursos.

Como ya no éramos adolescentes, las responsabilidades se asomaban en el día a día en forma de rutina. Estudiar, trabajar, o estudiar y trabajar en algunos casos, era lo común en el grupo que frecuentaba desde hacía años. Los encuentros se daban una vez al mes, o a lo mucho, dos veces. Por esos meses, Sergio se reinstaló en su casa cerca de la avenida Brasil, con el deseo de comenzar estudios de arte en una universidad ubicada en Miraflores. El 2016 llegó y junto con este una serie de cambios que, hasta el día de hoy, tienen repercusiones. Tal y como había dicho, comenzó a estudiar arte en un instituto de la comunidad judía en el Perú. Estaba enfocado en producir, en llevar a su obra todo lo que había vivido, lo que pensaba, lo que quería ser. Esto le duró un par de meses. Terminado ese primer ciclo, que duraba aproximadamente 4 meses (a diferencia de una universidad), decidió no volver a matricularse. Esta decisión sorprendió a todos pues, hasta donde sabíamos –exclusivamente por lo que él contaba- le iba muy bien, pero la escuela de arte limitaba su talento. Nos dejó la sensación de que estaba mintiendo, pues ya tenía antecedentes negativos respecto a la responsabilidad, pero no dijo nada más que lo que sostengo líneas atrás. Con esto, comenzaría una etapa definitiva en la vida de Dante, o de Sergio.

Dejó la escuela de arte y se dedicó a estar en su casa, ayudando con los mandados y quehaceres domésticos. Cambió de gustos; ya no le importaba seguir profundizando en sus estudios espirituales, la vida ascética le importó muy poco y comenzó a optar por un estilo urbano, en el cabello, en la ropa, en su persona. Pasó en ese estado unos 3 o 4 meses. La metamorfosis estaba sucediendo otra vez. Dejamos de frecuentar estos meses y luego, por Facebook, me enteré que se había cambiado el nombre, por segunda vez. Ahora ya no era ni Dante, ni Sergio, ahora era el Zobu. Al principio no se entendía a qué hacía referencia, y se negaba a dar detalles de lo que significaba, Comenzó a gustar del hip hop, a rapear en inglés y a intentar ligar con la primera flaca que se le aparezca, fracasando siempre. Zobu era el nuevo personaje que se apoderaba de su cuerpo, de su mente. Zobu gustaba del dinero, de las perras –como él las llamaba-, del sexo casual, de las drogas y el placer epicureísta. Popularizó su nombre tal y como lo había hecho con Sergio, pero esta vez sería para siempre, es decir, para toda su vida.

A los meses de estar parasitando en su casa, consiguió un trabajo en una empresa de traducción que hacía trabajos para la embajada de Estados Unidos en Perú. El sueldo era para nada despreciable y la facilidad con la que el Zobu hablaba inglés daba el toque perfecto para que comience a trabajar. Así se inició en un trabajo que cambiaría su vida para siempre. Ganaba aproximadamente 2000 soles mensuales, en dos pagos quincenales, muy por encima de lo que un recién egresado podría ganar. Con este sueldo comenzó una vida basada en los excesos y derroches. Recuerdo que prometió, al iniciar el trabajo, que invitaría una caja de cervezas a sus amigos con el primer sueldo; hoy sé que eso nunca llegará. Le dedicó su vida a la timba y la juerga, salía con prostitutas que le quitaban hasta el último centavo y era común verle gastar a sus anchas todo su sueldo en tragos caros, en discotecas de Miraflores, en compañía de gente que apenas conocía. Cuando se le preguntaba por su filosofía ascética, por el socialismo y la doctrina de vivir sin apuntar a grandes ganancias decía que eran huevadas, que el dinero movía el mundo y él estaba para mover al mundo.

Freud, en su segunda teoría acerca de la estructura del aparto psíquico, distingue tres instancias fundamentales. El ello, el yo y el superyó. El ello es inconsciente, consiste en la expresión psíquica de las pulsiones y deseos, como cachar, cagar o comer; el yo es la parte actuante, que aparece como mediadora entre el ello y el superyó, intentado conciliarlas para poder satisfacer deseos inconscientes; y el superyó es la instancia moral, resultado de la internalización de normas, reglas y prohibiciones parentales. Se podría decir que el Zobu es el ello, Sergio es el yo y Dante el superyó. Este triunvirato es el que forma una personalidad, pero en este caso, cada una de ellas se manifestó por separado, logrando hacer 3 personalidades diferentes que tenían en común el estar en un mismo cuerpo. El Zobu es la parte más animal, más irracional e instintiva de su cuerpo, basando su vida en copular, cagar y comer. Sergio se representó en el yo, tratando de mediar entre Dante y Zobu, intentando independizarse de lo que el superyó le imponía. Finalmente, Dante es el superyó, producto de las imposiciones normativas que la sociedad le dio, con una moral que le decía que hacer o no hacer, fue la parte que más se opacó en esta metamorfosis. No podríamos hablar de un caso similar al de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, no se podría afirmar que había un Mr. Zobu detrás del Dr. Dante, pues estas personalidades no se daban al mismo tiempo, sino en uno prologado, en el que recibió distintas influencias.

A los 5 meses de iniciar su trabajo, en el mes de abril, el celular no dejaba de timbrar en mi bolsillo mientras estaba en clase. Con fastidio, salí del salón para ver quién llamaba, y solo vi que tenía un mensaje con 4 llamadas perdidas. Era un amigo en común, que me decía que Dante, Sergio, Zobu había muerto. Fue un paro cardíaco producto, probablemente, del exceso; le encontraron en un sauna, junto con dos botellas de vino y unas líneas de coca sin aspirar. No tenía el reloj ni la billetera, al parecer había tenido una orgía con un par de prostitutas que terminaron por pepearlo al punto de matarlo. Contuve las lágrimas y en seguida fui hacia el médico legista en la morgue de Pueblo Libre. A regañadientes, el personal de seguridad me dejó ingresar, pues dije que era familiar de la víctima. Estaba tendido en una camilla, con el rostro pálido, sin los lentes que solía llevar, y aún estaba húmedo pues le habían sacado de la bañera que había en los saunas-prostíbulos que frecuentaba. Contemplé su cuerpo inerte durante unos minutos y observé que tenía puesto el pantalón, ceñido, como siempre. Pero su cuerpo ya no era comedia, la comedia había terminado.

 

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Acerca de lajaranadedonabraham

Me gusta leer calato y cagar con la puerta abierta.
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